Viajaba sin carga y el camino se le hacía pesado. No fue hasta que se dio cuenta del jilguero que no escuchaba, el llanto lejano, el ocaso del ocaso y sus propios pasos que entendió: no se hacía camino al andar, como decía Machado. No, se hacía camino al soltar.

Soltar y dejar ir, incluso la identidad. En la libertad de soltar el “yo” el universo te susurra sus secretos, aparece el otro y todo se vuelve más intenso, más real.

Quería llegar y llegar y siempre estaba aquí. En los valles donde la tormenta le duchaba era aquí, en aquel albergue donde no durmió junto a ella era aquí, cuando se asustaba de su propio pensamiento, e incluso cuando iba más allá… también era aquí. Fuera donde fuera ahí estaba. Algo tan sencillo que no percibía si de la vida escapaba.

Un día, que también era aquí, encontró a una anciana famosa por su sabiduría. Le preguntó por el secreto de vivir. Ella se llevó su dedo índice retorcido por la artrosis a la boca. Insistió en la pregunta y por fin respondió.

-No te creas nada que nazca de aquí -contestó llevando su dedo a la cabeza. -No eres lo que posees, ya eres, un camino sin fin.

No se trataba de llegar a ningún lugar, sino de soltar el peso del apego caminando sin “mí”