La edad es pura actitud, una danza con el destino, surfeando las mareas implacables que la vida nos arroja, bailando con el dolor como si fuera nuestro compañero más leal. Celebremos hasta el momento más insignificante.

¿Sientes la conexión con la naturaleza, esa sinfonía rugiente de la vida que nos envuelve? Déjate llevar por el estruendo, por el susurro de la naturaleza que late a nuestro alrededor. Normalicemos la enfermedad, pues todos estamos dolidos de alguna manera y naturalicemos el deseo, la única fuerza que nos mantiene vivos en este circo absurdo.

La edad es comprensión, la sabiduría de darnos cuenta de que somos más que carne y hueso, aunque arrastremos este cuerpo como una carga. No somos las imágenes que la sociedad pretende que seamos, ni los roles predefinidos que interpretamos. Somos personas. Que se vayan al infierno las imágenes y roles preconcebidos. No soy lo que digo ni lo que pienso, pero actúo positivamente porque mi generación es este día, este momento que vivimos ahora mismo.

La edad es vivir, sin mirar atrás, pues allí solo yacen recuerdos. Sin buscar aprobación, porque eso es para los débiles que buscan validación en otros. No encajamos, ni lo intentes; no queremos encajar. Preferimos volar, aunque siempre con los pies bien plantados en el suelo, porque somos realistas. Permitimos el defecto, brindamos por el desorden, pues la perfección es un maldito mito. Y compartimos el único momento que realmente importa: este, ahora, en este instante preciso.

Así que alza esa copa y brindemos por este despiadado y hermoso instante, que es, todo lo que realmente poseemos.