Ahí sigue. Exactamente en el mismo lugar donde besé a Laura. Lleva años en el mismo escenario, impertérrito a lo que pasa, ofreciendo apoyo. Desde ese banco he visto crecer el seto, desaparecer los chalets del fondo y aparecer torres en cuya colmena asoman personas.
El banco me habla de lo efímero, de vidas que aparecen y desaparecen. Una mujer que daba de comer a las palomas desapareció. Ese corredor que parecía huir de su pasado, aparecía y desaparecía los jueves. El grupo de japoneses y su guía desaparecieron. Hasta que un día me di cuenta. La posibilidad de aparecer y desaparecer no desaparecía nunca. Me propuse encontrar esa posibilidad.
En esas estaba, cuando una mujer y su bastón se sentaron a mi lado. Esperé en silencio a que abriera conversación si es que lo necesitaba.
–¡Aquí siempre se está bien! –dijo sin más.
–Así es. ¿Viene a menudo?
– Nunca.
–¿Y cómo sabe que siempre se está bien?
–Porque siempre he estado bien aquí –respondió como si yo fuera un ignorante.
–Pero si lleva dos minutos.
–Pues eso –sentenció orgullosa.
Ya no volvió a hablar. Mientras estábamos sentados pasó un gorrión cojeando. El mismo que veía de adolescente, el mismo que me acompañó en mi viaje a Londres, el mismo… Quizá no desaparecen las cosas. Solo cambian de disfraz. Se sientan en otro sitio. Se hacen pasar por otra vida. Pero siguen aquí, insistiendo en no irse del todo.
Nos presentamos en la vida como protagonistas de una historia en la que apenas escribimos un par de páginas. El banco no piensa que el parque le pertenece ni que las personas vayan a darle las gracias. No cree que la primavera sea eterna. Un día lo quitarán de ahí, como a todos nosotros. Y la capacidad de aparecer se encontrará donde siempre. En este mismo instante donde terminan (o empiezan) estos puntos suspensivos…