Arturo coleccionaba principios. No finales —esos los colecciona cualquiera—, sino el momento exacto en que algo comienza.

Acumulaba principios de todas las clases. La primera vez que vio el mar con ocho años, la tenía enmarcada en la memoria como una fotografía aún sin revelar. La primera palabra que su hija dijo —“agua”, en lugar de “mamá” o “papá”— la guardaba en una cajita de música que ya no sonaba.

Pero su colección más preciada eran los principios de las relaciones. Ese instante en que dos personas se miran y saben que algo va a pasar. Eso no se podía guardar en frascos. Lo guardaba en un lugar del corazón sin nombre.

Por ello, cuando su mujer murió después de cuarenta y cinco años juntos, Arturo no lloró el final, sino que buscó el principio. Una tarde de nieve en un portal, ella con el pelo ondulado aún mojado, él ofreciéndole un pañuelo de papel que nunca llevaba encima. Ese instante seguía ahí, intacto, más vivo que cualquier recuerdo posterior.

Los vecinos comentaban que Arturo era un raro. Que hablaba solo. Que a veces se paraba en mitad de la calle y cerraba los ojos. Nadie sabía que estaba coleccionando. El momento en el que un semáforo cambia a verde y todos los coches arrancan a la vez, como una orquesta desafinada. El segundo de tensión antes de que un futbolista tire un penalti. Cuando abren las cortinas del teatro.

Hace unos días, su hija lo encontró en el suelo, rodeado de cajitas vacías.

—Papá, ¿qué haces?

—No encuentro un principio —contestó con voz temblorosa.

—¿Qué principio? —preguntó preocupada.

—El de mañana.

Ella se sentó a su lado en silencio. Después fueron a la cocina a preparar la cena. Ella batía los huevos, mientras su padre preparaba la sartén y las patatas.

En eso estaba, cuando Arturo sonrió.

—¡Ya lo tengo!

—¿El qué?

—El principio de mañana. Es este.

Y señaló la patata a medio pelar, los últimos rayos de sol entrando por la ventana y la mano de su hija junto a la suya en la tabla de cortar.

No hizo falta decir nada más.