Miguel suele enterrar las palabras que ya no usa. No realiza grandes ceremonias, sino que es un acto íntimo, sin grandes pompas, aunque sean fúnebres.

Hoy le toca a “Seguridad”. Fue una de sus preferidas durante años. El mero hecho de nombrarla le sacaba al instante del presente, creyendo poder alcanzar un estado en el que nunca sería alterado. La usó incluso para tallar su imagen como persona segura de sí misma, infalible, de esas que vuelve a casa y la familia salta entusiasmada de alegría. Hasta que un día sonó engreída, lejana. Demasiado inútil para describir lo que de verdad importa: los cambios, sentir, las manos, lo impredecible.

La entierra junto a “Felicidad” a la que siempre consideró una entrometida que, al intentar aferrarse a ella, le hacía descuidar la sabiduría de mirar la tristeza útil o el enfado que limpia; esas emociones que te permiten adaptarte al cambio. Le gustaba más la palabra armonía, que suena a música y respiración.

Ayer, sin embargo, resucitó “Mierda” cuando se le cayó el bote de miel por el suelo de la cocina. Sonó tan auténtica que se dio cuenta que nunca la debió haber enterrado.

Tiene varias fosas comunes en forma de cuadernos. Cuando deposita una nueva inventa una poesía de despedida y deposita el cuaderno en el último cajón de la cómoda.

Hay palabras moribundas, pero que no se atreve a enterrar. El otro día le llegó “Hábitos” y no sabe qué hacer con ella. Otras cambian de tono, suenan diferentes, como “Soledad” que, curiosamente, parece necesaria para la compañía.

Hoy ha decidido conservar “Ahora”. Le parece una palabra con los pies en suelo, sin pretensiones, llena de realidad. No exige ni pide, solo señala instantes.

Las demás pueden esperar.

Ya habrá tiempo para enterrarlas. Incluida la palabra Miguel.