Siempre llegaba a la hora exacta. Ni con cinco minutos de antelación ni con un segundo de retraso. A los velorios, al trabajo, cualquier cita. Jamás faltaba. Era tan puntual que todo el mundo lo admiraba, como si su vida entera fuera un reloj suizo perfectamente calibrado. Como si el tiempo le hubiera jurado lealtad. Un jueves, al cruzar la calle, un coche se lo llevó por delante. Murió en el acto. Había salido catorce minutos y medio antes de casa (según sus previsiones) para llegar puntual a una cita. El informe médico lo dejaba claro: hora del fallecimiento; diez en punto. Ni siquiera la muerte tuvo que esperarlo.