Tres años tocando en el mismo bar, sin más ambición que anestesiar las dudas. La guitarra tenía artrosis en el “mí” y él, en el alma. Aquella oferta de profesor de música había caducado junto con su entusiasmo.

Una noche de niebla, harto de su propia sombra, decidió tomar, por primera vez en su vida, una decisión. Seguir en el mismo escenario, bebiendo su destino a pequeños sorbos, o largarse de la ciudad antes de que ésta se lo tragara.

Cogió un dado y afirmó: “si sale par me voy de la ciudad y si sale impar sigo en el mismo escenario” Antes de lanzar el dado al aire rezó. Pidió que nunca más volviera a ser indeciso y que asumiría el resultado. El dado subió en el aire como una promesa, rebotó en el suelo mojado y rodó hasta desaparecer en una alcantarilla. La ciudad se lo tragó como si también jugara su partida.

Julián sonrío.

El destino también sabía jugar. No iba a decidir por él.