En la esquina principal de la ciudad, un semáforo quedó atascado en rojo. Al principio la gente esperó con paciencia. Luego comenzaron los bocinazos, los insultos, los intentos de cruzar a escondidas. Pasaron horas, días, semanas. El rojo seguía encendido. Los ciudadanos terminaron organizándose: pusieron sillas, montaron negocios, levantaron casas alrededor de la intersección. Aprendieron a vivir detenidos, convencidos de que algún día cambiaría. Una madrugada, el semáforo finalmente pasó a verde. Nadie se movió. Ya habían olvidado a dónde iban.