Le dolía el pecho. Fue al médico: análisis, electrocardiograma. Todo en orden.
—No tiene nada —le dijeron.
Volvió a casa más preocupado. El dolor seguía ahí, pero ahora ni siquiera tenía una enfermedad que lo justificara.
Llevaba media vida interpretando un papel para el que nunca se presentó al casting. Se sabía el texto de memoria, conocía su sitio y había aprendido a sonreír en las escenas que más detestaba.
Estaba perfectamente sano. En condiciones inmejorables para seguir soportando una vida que no quería.