De pronto, se encontró frente al espejo y observó que había envejecido. ¿En qué cuerpo estaba metido? Se dio cuenta que no debía ser el cuerpo, sino algo más.

Reparó que ya no subía las escaleras de dos en dos ni podía con más de una bolsa de la compra. Ni siquiera podía subir a su monte favorito sin una colección de resoplidos. Así que se dio cuenta que pensaba demasiado, con lo cual, tal vez no eran sus pensamientos los que lo definían, sino el tipo que los pensaba.

Por otro lado, se notaba más ligero. Le pesaba menos la cabeza y mira que era testarudo. Debía ser que estaba menos llena de pensamientos y más colmada de aceptación. ¡Solo era viejo el cuerpo! Cada día empezaba “ahora”

En la neblina de la transitoriedad, caminaba con la espalda algo encorvada, pero sin ningún peso sobre sus hombros. Por fin se dio cuenta del gran misterio. La persona reflejada en el espejo no era él, solo era su cuerpo. Él era eterno.