La mejor versión de sí mismo llegó puntual, con gráficos de rendimiento, bien vestido y con una lista de frases de motivación que agotaba solo con escucharla. Apestaba a mentira reluciente.

El niño interior apareció manchado de barro, tarde, llorando y riendo a la vez y haciendo muecas para llamar la atención.

La sombra se colocó tras la persiana intentando gritar.

El miedo, tembloroso, tampoco faltó, cargado con mochilas ajenas.

—Tenemos un problema —dijo la conciencia—: estamos repitiendo patrones del pasado.

—¿Y qué tiene eso de malo? —Preguntó la costumbre, desde el sofá de siempre.

—Que ya no somos reales, solo funcionamos de segunda mano. Una copia barata de lo que ya fracasó. —aseveró el silencio.

Nadie aplaudió ni se hizo el drama. El silencio ya no era silencio.

Por vez primera, todos escucharon. Y al escuchar observaron. Y al observar se dieron cuenta.

Y entonces… apareció el alma. Sin aviso previo. Sin currículum. Sin maquillaje.

Nadie supo si venía a quedarse o a incendiarlo todo.