Se llama Mary Suerte Ryan. De madre irlandesa y padre de Tanzania. Su apellido se lo inventó su padre cuando Mary cumplió cinco años. Días antes, de visita por África, Mary se fue lejos persiguiendo una liebre y se encontró de pronto ante una estampida de búfalos al galope. Cayó en una trampa que había construido un Tejón, y pasaron las bestias por encima sin dejarle ningún rasguño.

Ahora Mary busca suerte en el bar Connoly de Limerick. Tres matrimonios fugaces y desgastados, como estrellas apagadas en un cielo nublado, adornan su pasado. Mientras saborea su Martini con la elegancia de quien ha vivido mil vidas, un joven apuesto se acerca, con miradas cargadas de intenciones tan honestas como eróticas. Pero el destino interviene una vez más, y el joven resbala, llevándose consigo la oportunidad efímera de un encuentro prometedor. Mary piensa que ya no hace honor a su apellido, pero, como la trampa del tejón en África, descubre en el espejo teñido de una neblina de historias de bares de Irlanda, su rostro ajado de 58 años como si de un cuadro de Lautrec se tratara. Ahí estaba la pareja que buscaba. Con paso firme y determinado, Mary abandona la barra y se adentra en la penumbra del local, dispuesta a reclamar su lugar en el juego de la vida, donde las cartas están marcadas pero el destino aún puede ser desafiado. Es hora de buscar su apellido, de encontrar la fortuna que siempre ha sido suya por derecho propio.