Utilizaba el “sfumato” no solo para pintar sus cuadros, sino también para desaparecer en los momentos importantes de la vida. La creencia en la seguridad y el control lo llevó a huir del mundo y refugiarse en las estrellas. Allí se sentía muy bien, hasta que empezó a cojear. No entendía que para mirar al cielo hay que tener, al menos, un pie en la tierra. La vida era tan gris, aburrida y tensa que prefería flotar, perderse e inventarse otra galaxia.

De niño caminaba con los bolsillos rotos, por donde se le escapaban las canicas, la merienda, pero no los sueños. Ahora crea sus cuadros sin prisas y camina sin bolsillos. Ya no cuenta estrellas, sino que las mira hasta que se dejan pintar. Y si alguna se cae, no pide ningún deseo: la sigue hasta el barro donde aterriza para ver en qué rincón del planeta todavía brilla algo que merezca la pena.