La preocupación se vuelve como un huésped no deseado cuando intentas desesperadamente desterrarla, así como la búsqueda obsesiva de la felicidad solo nos conduce al callejón sin salida de la frustración, porque intentar ser feliz descartando otras emociones es como pretender que un pez viva sin agua.

La verdadera tranquilidad se desvanece cuando la perseguimos con deseo. Es como tratar de mantener la calma en medio de un huracán; algo más propio de héroes mitológicos que de simples mortales.

El momento, ese instante de gloria, se evapora cuando intentas capturarlo como si fuera una foto en Instagram. Estar presente en el acto y la emoción te convierte en el observador que siente, pero que puede observar lo que siente. Y la estupidez, sí, la estupidez que se aloja en la mente cuando tratas de conservar la fachada inmaculada del currículum, de la imagen; es como jugar al ajedrez con una paloma: no importa lo bien que juegues, la paloma va a tirar las piezas, ensuciar el tablero y darse por vencedora.

Nunca puedes ser lo que tienes, porque lo que tienes siempre puede cambiar más rápido que las opiniones de un político en tiempos de elecciones. Puedes usarlo, jugar con ello, pero no te identifiques con ello.

Aferrarse a una identidad y no aceptar la realidad es el inicio del sufrimiento. Pretender cambiar lo que jamás cambia y paralizar lo que siempre está cambiando es el camino más rápido para la ansiedad y el desasosiego.