El espejo agrietado seguía agonizando en la pared, dividido en fragmentos. Cada mañana, Laura se veía incompleta, como si cada pedazo de cristal cargara con un momento que prefería olvidar. “Mañana compro otro” se decía.

Al día siguiente se acercó al espejo y algo cambió. En lugar de escapar de su mirada, la sostuvo. “Estoy por todas partes, en cada pedazo de cristal, rota”, pensó, “y, aún así, sigo siendo yo”

Acercó el dedo índice y rozó la grieta más profunda, como quien acaricia una cicatriz. De pronto, la luz del sol atravesó el espejo proyectando reflejos de colores en la pared.

Comprendió que no era una colección de pedazos rotos, sino todo un caleidoscopio. Sus frustraciones, sus heridas aceptadas, eran las que la hacían brillar. Por fin sonrió.