Apareció de repente, en medio de la plaza. No contenía instrucciones ni pautas a seguir. Una cabina con luces de neón y un letrero: “Inserte moneda y confiese su arrepentimiento”

Al principio, la gente se burló, pensando en quién había hecho semejante broma, pero luego, la curiosidad avanzó como caballo desbocado. Primero fue un tipo con traje, tan tieso, que parecía una estatua de mármol. Se acercó con disimulo, mirando a los lados y entró. Tras unos minutos, salió con los ojos vidriosos y el espíritu más ligero. Después entró una mujer con su bebé en brazos. Luego un adolescente con su colección de tics, mordiéndose el labio.

Cada día que pasaba las colas se hacían eternas. Dentro de la cabina desfilaban palabras que no habían dicho, abrazos que no dieron, trenes que se escaparon. La máquina, implacable, respondía a todos lo mismo: “Error. No se puede deshacer”

Aún así, regresaban. Quizá porque a veces, lo único peor que arrepentirse es no tener dónde hacerlo.