Nunca gritaba. Esta idea de hablar suave era reforzada por sus amigos y familiares. ¡Qué suerte tendrá tu pareja! ¡Qué educado! Miguel se sentía satisfecho ante tanta adulación. No emitía grito alguno ni en un atasco, ni cuando su jefe lo humillaba, ni cuando su pareja se fue, ni siquiera cuando el papel higiénico se acababa en el peor momento.
En lugar de todo eso, guardaba todos sus gritos en botes antes de que salieran. Cerraba herméticamente y los iba ordenando en el almacén por temática. Gritos de impotencia, de rabia, de placer, de hartazgo… La colección crecía… en silencio.
Una noche (solo Miguel sabe qué diablos pasó), el armario cedió. Cayeron todos los botes como granadas en una trinchera y la casa se llenó de rugidos, alaridos y quejas contenidas durante años.
Los vecinos, espantados, avisaron a la policía. Cuando llegaron, encontraron a Miguel en el suelo desarreglado, sudando y sonriendo como un convicto recién indultado.
Al día siguiente, Miguel ya no caía tan bien como antes, excepto al propio Miguel.