El señor Gudrun, de nariz afilada y 85 años tallados por el tiempo, llevaba un terminal diagnóstico dentro de su cuerpo, pero en su mente, era un guerrero indomable. Removía su barca por los sinuosos fiordos, evocando los días en que él y su amigo Olaf jugaban a desafiar las costas inglesas, emulando a Ragnar y Erik. El frío era intenso, pero ya no tenía dominio sobre su piel curtida por batallas pasadas.

Su embarcación surcaba la bruma de la fría mañana, capitaneada por un marinero cuyo cuerpo había envejecido, pero cuya mente seguía tan aguda como el filo de una espada. En ese viaje, el timón era manejado por la mente, guiando los recuerdos de una vida llena de aventuras. Gudrun rememoraba cómo, junto a Olaf, buscaban el legendario martillo de Thor en los meandros de los ríos, y cómo visitaban a Astrid e Ingrid al otro lado de la orilla, exhibiendo su destreza como guerreros en busca del Valhalla, aunque lo que más ansiaban era el primer beso.

Cuando regresaba a puerto, Gudrun, con sus ojos inquietos y la misma chispa de juventud que había conservado, se encontraba con que ahora tenía 20 años menos. Mañana, sin falta, volvería a lanzarse a las aguas, pues para él, la vida era un constante navegar, un desafío contra el viento, las mareas, la enfermedad y cualquier sorpresa que el destino pudiera depararle. Después de todo, un barco no está destinado a quedarse anclado en el puerto; su esencia reside en surcar los mares de la existencia, aceptando y desafiando cada obstáculo que se presente en su camino.