En el exótico reino de Bután, donde la felicidad es tan común (según su constitución) como los taxistas en Nueva York, un loro, decidido a hacer más ruido que un político en campaña, decidió soltar su cháchara como si estuviera en una fiesta de karaoke. Un gavilán no tardó en hacerle un favor a la comunidad al convertir al loro en su cena gourmet del día. La naturaleza, siempre tan eficiente en enseñarnos lecciones sobre el exceso de palabrería.

Cerca de un apacible templo budista, un mono, ansioso por atraer más miradas que una estrella en la alfombra roja, se dedicaba a hacer muecas imitando a los monjes. Sus travesuras no pasaron desapercibidas para el leopardo de las nieves, quien, con la elegancia de un bailarín en un paso perfecto, decidió llevarse al mono para añadir un toque de drama a su almuerzo en lo alto de un árbol cercano.

El sigilo y la paciencia, al final, logran derrotar a la inquietud, el silencio prevalece sobre el parloteo, la aceptación domina sobre la inconsciencia y la observación, sin duda, supera la confusión de confundirse o identificarse con lo observado. La vida, como siempre, nos ofrece su sabiduría paradójica, recordándonos que el caos y la serenidad coexisten en el mismo escenario, esperando pacientemente a que el observador comprenda que nunca será lo observado, aunque sea parte activa del espectáculo. Observar sin más, sin interpretar, la realidad tal cual es no tal cual somos, pues entonces filtraremos la realidad con la observación de todo nuestro pasado, perdiéndonos en lo virtual.