Cuando Héctor se pierde entre las grietas del mundo, encuentra trozos de libertad en miradas ajenas, las teclas de un piano desafinado, esa mujer que se aproxima. Lleva los bolsillos llenos de “por si acasos” y tres pájaros en la cabeza.

Cuando Héctor se descentra, ya no está en el centro. Entonces aparecen claroscuros, historias de tabernas y calles infinitas, el universo en una semilla, tormentas perfectas.

Cuando Héctor se da cuenta, entiende que es muy difícil perder la cabeza, pues le enseñaron que ésta debía permanecer firme sobre sus hombros, pero… es tan equilibrado perder la cabeza.

Cuando Héctor pierde la cabeza, ya no se amolda y camina con los trozos de libertad que encontró perdido, sin imagen, sin necesidad de ser feliz, sin mentiras, sin complacencias.