No sé si has contemplado cómo desciende una pluma lentamente del cielo. Es fácil, sin estar pendiente de uno mismo, hay atención. Cuando uno desaparece, el mundo se despliega ante nosotros. Ahora, aquí viene una pausa, una coma que da paso a este punto.

En Londres conocí a una mujer italiana llamada Rosella. Solía sonreír antes de hablar, una cualidad muy interesante. Un día le regalé una rosa construida con un alambre en la parte del tallo, y fragmentos dibujados de sus ojos verdes colocados como pétalos. También tenía dos alas de plastilina. Le comenté que era una rosa alada, de las que vuelan hasta tocar el suelo. ¿El suelo?, me preguntó. Claro, el suelo es el cielo del cielo. Me dijo que estaba loco mientras soltaba una carcajada. Entonces entendí que la locura podía ser algo bueno, un regalo.

Una pluma no cae del cielo en realidad, sino con el cielo, como una rosa alada. Cuando se te cae el cielo encima es cuando puedes volar.