El miedo, un compañero de viaje que se cuela sin invitación, una sombra que danza en la mente. Es ese tipo que entra a la fiesta sin ser invitado y decide quedarse a pasar la noche en tu cabeza.  A veces necesario, sí, como cuando te encuentras con un león hambriento. Pero, la mayor parte del tiempo, es un invento absurdo de ese “yo” que habita en las cloacas de la mente. Sí, uno mismo, fabricando monstruos en la fábrica de exageraciones, transformando lo inevitable en tragedias anticipadas.

Cuando entendamos que la maldita seguridad no existe y todo está en constante cambio, ya no temeremos los imprevistos ni el futuro. Todo es ahora y el cambio la única constante.

Vete a visitar al miedo a su cueva o te visitará él en tu casa, tu mente. No importa tener miedo, la clave es hacer lo que tienes que hacer con el miedo como invitado.

Es a ti mismo a quién temes y a esa mente que parece tener un máster en dramatización. Pon tus pensamientos temerosos a meditar, siéntate con ellos. Si haces caso a un niño caprichoso, éste se vuelve más caprichoso aún. Ese niño es el miedo. No te importe que aparezca el miedo, estate presente con él y se aburrirá.

Sal a por la vida sabiendo que, por muchas precauciones que tomes, siempre van a pasar imprevistos incómodos, así que participa de este espectáculo con la valentía de aceptar el miedo y seguir haciendo lo que tienes que hacer pese a él. Que el miedo sea solo un acompañante y no el director de la película.