La llamaban la vieja Clara, y no solo por el nombre, sino porque tenía una claridad fuera de toda duda. Vivía en un pueblo bastante oscuro del Piamonte, donde el sol era una leyenda y los nubarrones, una religión.
Unos montañeros escoceses la encontraron una tarde arrancando las páginas de una vieja agenda y dejándolas volar por el barranco, una a una, con la parsimonia de quien deshoja una margarita.
—¿Qué hace, señora?
—¿Para qué preguntas, si ya lo ves?
—¿Y por qué?
Clara señaló la agenda.
—Era de Vittorio. Apuntaba todo. Cuándo pagar, cuándo ahorrar, cuándo iríamos al hotel donde nos conocimos a celebrar los noventa. Llegó a ochenta y nueve.
Los escoceses cruzaron esa mirada que se reserva a quienes han perdido la cabeza. Como si la cabeza no se perdiera mucho antes, el día en que uno se vuelve obediente.
—¿Y no le da pena?
—Me daba más pena verla llena.
Arrancó otra página y la soltó. El viento se la llevó hacia los árboles.
—Hicimos un pacto: la vida es lo que sueltas. Primero los hijos. Luego los miedos. Ahora las fechas.
—¿Y no le da miedo quedarse sin nada?
Clara sonrió.
—Me da más miedo llegar al final con la agenda completa.
Se quedó mirando el barranco.
—¿Y el hotel?
—Cumplo noventa el sábado. Ya lo he reservado. Vittorio nunca fue de fiar con las fechas.
Los escoceses aceptaron un té y no preguntaron más.
Al despedirse, el más alto sacó una libreta, arrancó la página donde tenía apuntado el resto de su viaje y la dejó caer por el barranco.
Para ir practicando.