El pupitre guardaba poesías clandestinas, escritas a escondidas entre bostezos y ecuaciones, todas dedicadas a Silvia.
Napoleón seguía en la isla de Elba, despreciado por el profesor de historia mientras a Carlos le parecía un héroe incomprendido, digno de imitar. Conquistar a Josefina (que tenía cara de Silvia), inventar maniobras inteligentes como la del doble envolvimiento en Austerlitz y expandir el imperio más allá del aula.
Cuando se decidió a entregar una de las poesías, Silvia —dos años de madurez por delante y tres sobresalientes en la colección— giró la cabeza, dejando que su pelo ondulado acariciara el aire como una bandera.
Carlos entró en pánico. Le dio la poesía como quien entrega su acta de rendición. Ella la leyó, sonrió y murmuró:
—Qué tonto eres.
No supo interpretar ese “tonto”, fijándose más en la palabra que en el tono, y de pronto pensó estar en Waterloo, derrotado y esperando próxima deportación a la isla de…
—¡Carlos! —grita Don Bernardo.
—¡Santa Elena! —respondió sin pensarlo.
La clase estalló en carcajadas. Y Carlos comprendió, con su cuaderno lleno de versos inútiles, que los imperios, como los amores adolescentes, también se hunden en los recreos.